En el marco del Foro de Davos 2026, la inteligencia artificial ha ocupado un lugar destacado en las conversaciones sobre economía y tecnología. Ya no se analiza únicamente como una herramienta de apoyo, sino como un factor que puede reconfigurar la competitividad de empresas y países. La conversación se mueve alrededor de tres vectores cada vez más inseparables: una inversión mundial sin precedentes, advertencias sobre el impacto macroeconómico de las expectativas y una realidad material que empieza a marcar límites claros: la IA depende de infraestructura, energía y recursos estratégicos como el cobre.
Una inversión global sin precedentes en inteligencia artificial
El salto de escala es cuantificable. Las previsiones para 2026 sitúan el gasto mundial en inteligencia artificial en 2,52 billones de dólares, lo que representa un crecimiento del 44% interanual. Parte de este incremento se explica por la expansión de la infraestructura de IA, incluyendo centros de datos, hardware y servicios vinculados a la capacidad de cómputo.
Este contexto refuerza una idea clave: la carrera ya no se centra únicamente en modelos, sino en la capacidad real de desplegarlos y sostenerlos. La IA se convierte así en una prioridad transversal, con impacto directo en industria, finanzas, sector público y servicios esenciales.
El aviso macroeconómico: cuando la economía depende del “optimismo IA”
Davos 2026 también refleja una preocupación creciente: la inversión en inteligencia artificial no garantiza por sí sola resultados económicos positivos. Organismos internacionales han señalado que la resiliencia de la economía global podría verse comprometida si el auge de la IA no se traduce en mejoras reales de productividad y rentabilidad.
El riesgo aumenta en escenarios donde las expectativas y las valoraciones se adelantan a los resultados. En ese caso, se incrementa la probabilidad de reajustes si el rendimiento efectivo no acompaña el ritmo de inversión.
En términos prácticos, el mensaje es claro: la IA debe evaluarse no solo por el volumen de gasto, sino por su capacidad de generar eficiencia, estabilidad y beneficios medibles en el tiempo.
Geopolítica y reglas del juego en una tecnología estratégica
El debate de Davos deja claro que la tensión no es únicamente económica. La inteligencia artificial se discute como una infraestructura estratégica, comparable en relevancia a otras capacidades críticas para la autonomía tecnológica. Esto intensifica la conversación sobre dependencia de proveedores, control de sistemas y fragmentación regulatoria, especialmente cuando distintas regiones aplican criterios diferentes sobre privacidad, regulación o acceso a recursos.
Esta presión ha impulsado el concepto de soberanía tecnológica. En España, Óscar López ha defendido públicamente que Europa debe impulsar un modelo competitivo de IA alineado con derechos digitales.
El límite físico: cobre, electrificación y centros de datos
A menudo se presenta la inteligencia artificial como intangible, pero su despliegue depende de recursos materiales. Proyecciones globales advierten de un déficit estructural en el suministro de cobre hacia 2040, impulsado por la electrificación y por nuevas fuentes de demanda como centros de datos, redes energéticas y la expansión tecnológica vinculada a la IA.
Esto introduce una consecuencia directa: el crecimiento de la IA no se define solo por algoritmos, sino por la disponibilidad de energía, redes y materiales críticos. Por eso, la sostenibilidad pasa a ser una condición operativa, no solo un compromiso reputacional.
Davos 2026 consolida una idea difícil de ignorar: la IA ya es economía real, y su evolución dependerá tanto de inversión y gobernanza como de los límites físicos que sostienen su expansión.
